Supernova

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Estábamos parapetados en algo parecido a una habitación. Éramos entre cinco y diez personas, puede que la mitad fueran chicas y la otra mitad chicos; pero no lo sabría decir con certeza absoluta, ya que vi a algunos chicos más. Sentados en parejas, con un tablero de papel encima de la mesa, donde había dibujado una especie de árbol con muchas ramificaciones, y entre las ramas unos espacios sin nada dibujado o escrito.

El mal tiempo nos acompañaba en aquel momento: nubes negras y lluvia torrencial comenzó a caer sobre el techo que nos protegía. Y mientras que el apocalipsis sacudía los cimientos de nuestra Tierra, nosotros nos disponíamos a hacer algo parecido a un juego. Ninguno de nosotros sabía a lo que nos enfrentábamos; sin embargo, la disposición de todos nosotros a hacerlo puede que se debiera a una obligación. La superioridad de aquellos entes hacía que nosotros hiciéramos caso en todo.

Encima de la mesa nos pusieron un puñado de bolitas que desprendían pequeñas hojas verdes. Todo se ponía perdido de aquella cosa que desprendía un olor dulzón y algo ácido al mismo tiempo. Algo en mi interior dijo que debía probarlo, por lo que cogí una e intenté metérmela en la boca; pero una dulce voz me dijo que no lo hiciera, que algunas de ellas estaban hechas con marihuana de mala calidad y que podía colocarme. ¿Era cierto aquello? El sublime tacto de las bolitas me proporcionaba placer.

De forma repentina empezamos a obtener indicaciones. Una grave voz saliente de un pequeño altavoz nos decía palabras que debíamos interpretar. Todo parecían acertijos sacados de algún antiquísimo libro proveniente de las tinieblas. Por cada palabra e interpretación debíamos poner una bolita en un hueco de las ramas. Mi pareja, una morena de avainillados ojos, también posaba las bolas dulzonas y verdosas encima de los huecos. Antes de que ella se diera cuenta, cogí un puñado de aquellos circulitos similares a un caramelo y me metí uno en la boca. El crujido de las hojas y el dulzor del interior satisfacía mi curiosidad.

Mientras masticaba las crujientes hojas, mi pareja se puso detrás de mí y sus carnosos labios coloreados como la carne del higo, comenzaron a besarme. Un leve aroma a coco invadió mis sentidos, haciendo que me dejase besar por la diosa que sujetaba mi cabeza y cumplía con ¿otra interpretación? Después se subió a mis piernas y continuó besándome como si no quisiera pero le encantase lo que hacía.

Tras aquello, tuvimos que salir corriendo de aquel lugar para resguardarnos en una especie de edificio, que me resultó familiar. Por las ventanas pudimos observar una gigantesca bola que se parecía a la Tierra desde el espacio, pero que, sin que nosotros pudiéramos darle alguna explicación, estaba demasiado cerca del conocido edificio.

Mi ahora querida compañera, vestida con un traje ajustado a su piel y de colores del mismísimo fuego, estaba absorta en aquella circunferencia, ya que de ella salían las instrucciones. El problema era que no teníamos el tablero para poder seguir con ese juego. Por lo que tuvimos que seguir jugando con nuestros cuerpos.

Las indicaciones siguieron su curso. La maléfica voz que salía de la Tierra nos decía que debíamos hacerles una transfusión a nuestras parejas. Ella, se tumbó en el suelo y le clavé una aguja en el brazo, después me puse otra yo. Así estuvimos durante algunos minutos. No recuerdo con total exactitud cuánta sangre habría salido de mi cuerpo, pero sí el decaimiento y la flojera que se apoderaron de mi ser. Después le quité la aguja y volteé su cuerpo, palpando, sin querer, sus turgentes pechos aprisionados dentro del traje y pidiendo salir de allí. Mi pareja, de nombre desconocido, sonrió y dijo que no pasaba nada. La volteé de nuevo y nos pusimos ambos en pie.

El ambiente se había cargado de un especial e imponente clima. Aquella Tierra se había modificado mientras estábamos en el suelo, y ahora sobresalían cosas de ella. Se parecían a unas armas sacadas de una inteligencia tal vez superior. El agua y las tormentas aún arreciaban las calles, enmoheciendo a todo aquel que estuviera en el exterior.

Ambos sacamos la cabeza por la ventana y fuimos testigos de una conjura por parte de la Tierra, ahora, frente a nosotros. Nos amenazaba con matarnos si no hacíamos lo que nos pedía, por lo que no tuvimos otra opción. Mi pareja me dijo que debíamos desnudarnos y meter los pies en una jofaina con agua y moverlos mientras reímos. La extrañeza ante tal decisión hizo que me quedara perplejo; pero al cabo de varios segundos, me desnudé; ella hizo lo mismo, dejando a la vista su moreno cuerpo y potenciando el aroma de coco.

Metimos los pies en el agua y comenzamos a moverlos, a reír y, sin evitarlo, a rozar nuestros cuerpos. Fue ahí cuando me di cuenta de lo que estaba ocurriendo en realidad.

Mi cuerpo no pudo evitar excitarse ante el bello cuerpo de ella, por lo que la sublime erección no tardó en llegar. Nos reímos y saltamos sobre el agua, salpicando todo nuestro alrededor. Después todo aquello comenzó a desvanecerse. Y lo peor de todo no era que fuera una visión creada por aquella bolita verdosa, sino que era más real de lo que parecía. Sin embargo, la excitación de mi cuerpo ya no era la misma que al principio: pude darme cuenta de que todo estaba preparado, todo tenía un turbio sentido para el que muchos fuimos utilizados con un propósito.

La Tierra comenzó a disparar contra todas las cosas que había en el edificio, o sea, contra nosotros. Pero tales balas, si es lo que disparaban, no afectó a mi pareja. Ella me abrazó y unimos nuestros cuerpos por última vez. Puedo decir que me protegió.

Con exactitud no puedo decir cuánto tiempo estuvimos abrazados, pero fue en el primer segundo cuando me di cuenta de que ella no estaba viva. Y con esto quiero decir que ella era una especie de esqueleto robótico, ya que carecía de latidos. Ella se dio cuenta de mi descubrimiento y me miró a los ojos. Después posó su cabeza en mi hombro y me dijo al oído:

—Tranquilo, no voy a matarte. Solo estamos aquí para proteger lo que vosotros, los humanos, estáis destrozando. Pero tú serás mío y yo seré tuya. Solo que nunca deberás salir de este edificio.

Y desde hace unos años vivo con una robot que me hace feliz. Aunque no dejo de reconocer que es nuestra culpa que ahora ocupen el planeta que nos dio la vida durante millones de años. El miedo que siento por las noches me quitará la vida en algún momento; pero me quedo más tranquilo cuando pienso que ella seguirá viva y cuidará de lo que los humanos hemos creado y destruido por la avaricia de crecimiento infinito. Tal vez cuide la pequeña tumba en la que yaceré.

Pero, por ahora, amo a este robot. Sé que el amor que nos tenemos seguirá hasta la eternidad, o hasta que la Tierra muera de vieja y no sea capaz de albergar vida nunca más. 

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