Maglik: relato

Maglik (Última Parte)

Se repartieron varios grupos de agentes por todo el parque para buscar alguna pista con la que pudieran empezar a trabajar. Silvio y Dana se quedaron en el corazón del parque para ver los mapas e intentar encontrar la táctica perfecta de investigación. Mientras que uno se dedicaba a coger toda la información por internet sobre el parque, el otro se encargaba de la recepción de información de los agentes y la respectiva clasificación.

Los agentes se quedaron sorprendidos con la eficacia con la que trabajaban. La investigación, aunque no iba a ningún lado por el momento, se posicionaba en el camino correcto. La recepción de los detalles se hacía con bastante rapidez.

Faltaban muchas zonas que peinar, pero la noche se había echado más rápido de lo que habían previsto. Ahora necesitaban unos focos potentes para poder seguir investigando por las zonas más oscuras.

Muchos de los agentes se marcharon y otros tantos fueron obligados a permanecer de servicio.

Dana tenía un presentimiento. Cosa que Silvio no quiso oír. Ella mantenía la mirada fija en el lago. Había visto imágenes sobre el estado del agua semanas atrás. Y aunque estaba completamente igual, había algo que no cuadraba demasiado. Quizá era el color del agua, o tal vez, el movimiento. Tal movimiento era imposible por la falta de corriente, pero eso su compañero no lo había advertido. Estaba tan ensimismado con la investigación que había dejado de lado el estado del agua.

Llegó la noche cerrada y los focos no habían aparecido aún. Así que Silvio no tuvo otra opción que esperar hasta que llegaran las luces, cosa que no le hacía nada de gracia. Él quería saber cuanto antes todo lo que había podido ocurrir en todas las zonas del lugar. No quería ni un solo milímetro sin peinar.

Dana no tuvo otra opción que sentarse y dejar que su compañero pelease con varios agentes. Tras estar mirando un poco los gestos de los agentes, desvió la mirada hacia el lago y comenzó a imaginarse lo que podría estar ocurriendo bajo el agua. << ¿Qué tiene esto de importante? >>, comenzó a pensar. En ese momento se levantó y fue al lugar donde estaba su compañero dando órdenes.

—Silvio, no entiendo una cosa…

—Qué cosa… —contestó Silvio de mala gana.

—No entiendo qué estamos haciendo aquí, la verdad… Que hayan desaparecido animales no quiere decir que sea un problema importante.

—¿Qué estás diciendo? O sea, ahora te pones en mi contra…

—No, Silvio, no me estoy poniendo en tu contra. Solo que parecemos gilipollas montando este espectáculo.

—Vale… vale… ya lo pillo… Esto te parece una diversión que ha salido de mi cabeza…

—¡Silvio! ¿No ves a los agentes? ¡Están despistados! No saben qué buscar.

Silvio se dio la vuelta y miró en derredor. Se dio cuenta de las palabras de Dana. No se había dado cuenta de que los agentes allí presentes también eran personas. Recordó que ya no era un militar. Ya no podía dar aquellas órdenes estrictas.

—Tienes razón, Dana. Pararemos por hoy. Será mejor que descansemos y mañana veré…

—Silvio…

—No te preocupes, Dana, te entiendo y tienes razón.

Silvio habló por radio y todos los agentes comenzaron a abandonar la zona hasta el día siguiente. Él y Dana también se marcharon.

Silvio y Dana se reunieron al día siguiente para hablar sobre lo ocurrido. La investigación se paralizó y todos los agentes estuvieron sin trabajo durante un largo tiempo.

—Dana, creo que no debemos hacer esto…

—Pero ¿qué estás diciendo, Silvio?

—Pues que creo que… que esto no tiene sentido. Los animales se han ido y ya está. Creo que estoy sacando de contexto muchas cosas.

—Deja a la policía que haga su trabajo, Silvio. Nosotros siempre podemos ayudar en cualquier momento, no necesitamos llevar la investigación. Eso es lo que te quise decir días atrás.

—Y te pido perdón por no escucharte…

—No pasa nada…

Al terminar la conversación, sonó el teléfono de Silvio.

—¿Sí? —contestó Silvio extrañado por no reconocer el número.

—¿Ya has visto lo que soy capaz de hacer? —dijo una voz distorsionada.

—¿Perdona?

—No tienes el coraje suficiente para encontrarme… He matado a todos los animales del lago y nunca me cogerás…

—¿Has sido tú?

—Te lo estoy diciendo… ¿no me oyes? Me lo he pasado genial… Total… nadie los va a echar de menos. Adiós, Silvio, te deseo mucha suerte.

—Cómo narices… —no pudo terminar de formular la frase cuando se cortó la llamada—. Dana, alguien me quiere joder. Han matado a los animales…

—¿Cómo?

—Alguien ha asesinado a los animales. Tenemos que ver a la policía para denunciar esto.

—Vale.

Ambos se fueron al parque para ver al jefe de la Guardia Civil. Este no lo recibió muy bien, pero le escuchó con atención.

Tras unos breves minutos de discusión, el agente, con total discreción, llevó a Silvio hasta un lado del parque para poder hablar sin interrupciones.

—Silvio, debes tener cuidado. Posiblemente quiera hacerte daño.

—No sé qué hacer…

—Por ahora lo has hecho bien, has denunciado esa llamada y ya está. Nosotros nos encargaremos de la investigación y listo. Solo tendrás que cooperar cuando lo necesitemos. Los animales, aunque son una parte importante, ya no podemos hacer nada por ellos. Ahora lo que importa es que no te pase nada.

—Muchas gracias, agente.

—De nada. Eso sí, ahora tienes que ir a la comandancia para formular la denuncia por escrito para que conste, ¿vale? Y, sobre todo, no hagas estupideces.

—De acuerdo.

Dana y Silvio se marcharon del parque. Por el camino Silvio le dijo a Dana que quería ir a la biblioteca para investigar algunas cosas. Ella le contestó con una afirmación y se despidieron con un abrazo.

Silvio continuó la marcha hasta llegar a la puerta de la biblioteca. Entró y comenzó a buscar algunos libros relacionados con los animales. Pero mientras que estaba buscando, encontró uno que se titulaba La leyenda de Maglik. Aquel título le dio tanta curiosidad que lo cogió y se sentó en uno de los sillones que había enfrente de un ventanal inmenso. Tales ventanas daban a una empresa dedicada al periodismo y programas de televisión. << Ojalá pudiera llevar alguna cosa a una empresa de esas >>, pensó, mientras se sentaba en el sillón de en medio. A la derecha había un sillón de color salmón. Vacío. Y a su izquierda otro de color rojo. También vacío. El suyo era color beige y era el más cálido para estar leyendo aquella leyenda.

Cuando comenzó a leer, se dio cuenta de que gran parte de la historia se estaba haciendo realidad. Los animales habían desaparecido y el agua había cambiado un poco en aquellos días. Tal vez era una casualidad, pero… ¿Y si es cierta la leyenda?

Hombre, cuyo nombre se desconoce, escribió la leyenda. Quedó plasmada en unos trozos de papel antiguo, que luego fueron publicados. En ella, Silvio podía leer como en las tierras de Monchungko, unos animales desaparecieron de un modo sorprendente e inusual. Aquellos animales eran lo único que tenían para poder vivir.

Un día, los hombres más fuertes eran llamados para que sirvieran como soldados y fueran en la búsqueda de los que habían hecho aquella atrocidad. El rey Kalonko II ordenó que no regresaran con las manos vacías. Si querían volver a sus casas tendrían que traer o algún animal vivo o a la persona o cosa que lo había hecho.

Pasaron los días y los hombres no regresaron. El rey, ansioso, ordenó formar a otros hombres para que fueran en la búsqueda de los hombres perdidos. Y así se hizo.

Al cabo de unos días, varios hombres regresaron al borde de la muerte. Sus cuerpos estaban ensangrentados y sus ojos habían cambiado. 

Cuando el rey los llamó para preguntarles qué habían visto, solo uno fue capaz de hablar.

El único que pudo hablar contó las atrocidades que habían tenido que ver. Cerca de las cuevas de Yohs, habían visto a un animal muy grande comiéndose a sus animales. Al acercase reconocieron las joyas de protección que los primeros hombres se llevaron.

Aquel animal los oyó acercarse y les atacó con tal violencia que tuvieron que salir corriendo, pero algunos hombres cayeron mientras escapaban. Mientras todos los demás corrían, él se quedó mirando a la bestia, y de los grandes dientes, cayó un trozo de metal con unas letras. Cuando limpio el trozo de metal, leyó un nombre y con él lo bautizó.

Algunos otros hombres quedaron atrapados en las trampas del animal y no pudieron hacer nada. Pero mientras corrían se toparon con un bosque llenos de espinas venenosas y trampas mortales para los humanos.

Cuando el hombre terminó de hablar, cayó al suelo y se lo llevaron al curandero. Mientras tanto, el rey Kalonko II comenzó a escribir unas estrictas normas para que nadie se acercarse a aquel lugar, ya que la bestia atraía a todos los animales con sus bellos cantos. Y eso también incluía a la raza humana. También debían tener cuidado cuando la bestia se convertía en otro hombre para atraer la comida…

Al final de la página del libro se podía observar un pequeño dibujo del animal.  Y a un lado una inscripción:

<< Maglik se transforma en hombre para atraer comida. Nunca te acerques, nunca lo busques. Si entra en el mundo de los vivos, será el fin de la humanidad. Su alma está muerta y por eso se alimenta de animales y hombres. >>

Silvio salió de la biblioteca y fue directamente a la casa de su amiga Dana. Una vez allí, le contó todo lo que había estado leyendo. Le contó la leyenda y recibió una llamada de la Guardia Civil.

—¿Silvio?

—Sí, soy yo, ¿ocurre algo?

—Me temo que sí. Hemos recibido… más de un centenal de denuncias por desapariciones de animales… y muchas de ellas en diferentes lugares del país.

—Pues me temo, agente, que se enfrenta a un caso demasiado grande. Lo único que le puedo decir es que no le dejéis entrar. No puedo hacerme cargo de nada, lo siento —contestó Silvio sin dejar que el agente contestase.

—Dana… ¿Qué te parecería si nos fuéramos todos de vacaciones?

—Silvio…

—Me refiero a todos… Os invito a mi casa, en Australia. 

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