Literatura: amor y odio

Hace unos días leí un artículo donde quedaba reflejado el descontento de los jóvenes escritores para poder conciliar el trabajo de sus «sueños» y su «vida». Dada la época por la que estamos atravesando, hay que tener en cuenta que, para mi gusto, existe demasiado ruido. No es algo distinto a las otras tantas personas que opinan lo mismo. Pero hay que tener presente que en la literatura se agradece un poco de silencio, algo de tranquilidad para poder seguir creciendo y escribiendo.

Las letras, desde que me he dejado abrazar por ellas, requieren tiempo, esfuerzo y paciencia, cosas que, por lo visto, solo unos pocos tienen; el momento de la inmediatez hace que seamos… Por lo que el ruido que se crea a su alrededor hace que todo termine siendo molesto. Debatir, mismamente, sobre un autor, por ejemplo, puede tener la consecuencia de terminar en una discusión poco agradable, cosa que mi intelecto no comprende. Sabemos que el debate debería ser coherente, racional y no emocional. Sin embargo, también estamos perdiendo esta facultad, quizá atontada por el exceso de influencias y redes: ruido.

Desde mi atalaya, me fascina recordar la historia de los escritores que tuvieron menos ruido, pero mucha más dificultad que ahora, donde, por sus entrañas, corrían tinta y pluma; los papeles estaban repletos de escritos perfectos o imperfectos (la mayoría, a ojos del propio escritor) que se publicaban para luego convertirse en personas odiadas o queridas, respetadas o insultadas.

Desde mi atalaya, donde estoy en la parte más tranquila de una ciudad ruidosa, soy capaz de atisbar, con gran grado de exactitud, algunas de las imperfecciones de este complejo mundo. Donde soy capaz de sentirme distraído por las lecturas que otros han realizado y que yo debería haber hecho también. De nuevo, nos adentramos en un terreno farragoso donde las letras son superfluas a los hechos, y donde la persona es más importante que el papel. Si te llamas «X» y tienes galardones a tus espaldas, eres «bueno»; pero si te llamas «Y» y no tienes nada, eres invisible, literalmente.

Está claro que este mundo se mueve con la ayuda de los lectores, y muy agradecido tenemos que estar los escritores de tener, aunque sea, a una persona que nos lea. Es un orgullo saber que alguien, desde cualquier parte del mundo, nos está leyendo. Por ello, lo más importante en este oficio, es alejar el murmullo, despejar el horizonte y divisar el frondoso bosque de la sabiduría.     

Pero ¿hay necesidad de cantar a los cuatro vientos las lecturas que vienen o ya han pasado, pero que, de algún modo, todo el mundo ya debería de haber leído sin falta? A mi juicio, no. Las lecturas deberían hacerse en silencio, donde el interior de las personas se sienten en tensión, en calma o en lucha permanente consigo mismo o con el mundo, para, con suerte, poder comprender algo de todo lo que les rodea. Sin «arte» estamos ante un desbastado mundo repleto de inseguridades que no se podrían embellecer.

La perfección no existe, pero los humanos sabemos que la imperfección puede ser bonita, el problema reside cuando dejamos que eso nos atrape demasiado y nos mintamos a nosotros mismos para creernos lo que se dice.

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