Entrevista a Javier Azpeitia Escritor

JAVIER AZPEITIA

En esta ocasión entrevistamos a Javier Azpeitia, un escritor maravilloso que comenzó con el bello arte del teatro en el colegio, llegando a ser más tarde filólogo, editor y profesor. Un hombre sincero, leal con la literatura y amante de la música.

Sus obras han sido muy diversas. Aunque con su última novela nos ha dejado ver su lado más cercano a la historia, como bien mostró en la conferencia de la Biblioteca Nacional sobre Aldo Manuzio.

Obras: 

  • Mesalina (1989)
  • Quevedo (1990)
  • Hipnos (1996) (Premio Hammett Internacional de Novela Negra)
  • Antologías de distintas temáticas: poemas de Góngora, Lope y Quevedo (Poesía barroca, 1996); la obra de Calderón La vida es sueño (1997); Vidas de santos de Pedro de Ribadeneyra (2000); Libro de amor (2007); Libro de libros (2007).
  • Ariadna en Naxos (2002)
  • Nadie Me Mata (2007)
  • El Impresor de Venecia (2016)

Muchas gracias Javier Azpeitia por aceptar nuestra entrevista y dejarnos una cola de sabiduría con tu gran experiencia. Deseamos que tu próximo libro salga pronto, y podamos descubrir las extraordinarias historias que hay detrás de auténticos personajes históricos.

También debemos dar las gracias a la Biblioteca Lope de Vega por cedernos un espacio para realizar esta fantástica entrevista.

ENTREVISTA

P.- ¿Qué significa para ti ser escritor?

R.- Es una pregunta cuya respuesta nunca me he planteado. En realidad, ser escritor no es algo que para mí tenga un significado especial. Es algo así como una costumbre. Soy muy consciente de eso, no soy un escritor profesional. Soy un escritor aficionado. Porque en realidad, como decía Chéjov: <<la literatura ha sido para mí una amante>. Siempre he estado casado con otro trabajo.

No he podido dedicarme, ni mucho menos como Chéjov (él se dedicó a su amante), de una forma muy prolífica. Yo siempre lo he tenido como un segundo trabajo, porque he sido muy consciente de que, como editor, por ejemplo, que ha sido mi trabajo durante mucho tiempo (ya no lo es tampoco), la literatura es una trampa. Uno si consigue un éxito, no ha sido mi caso, tiene muchas posibilidades de que ese éxito no se vuelva a repetir. Y entonces, en el supuesto caso de que lo hubiera tenido, no le hubiera hecho demasiado caso por mi parte, porque habría sido lo razonable. Así que me he dedicado de una forma amateur a la literatura.

La razón final por la que me dedico a eso es porque considero que es una labor ineludible e interesante para mí. Me ayuda a explicarme el mundo e intentar contárselo a los demás. No sé qué tal sale, pero el caso es que, aunque no me da dinero, me ahorra el psicoanalista y eso está muy bien. 

P.- ¿Cómo y cuándo decidiste que querías dedicarte a la literatura?

R.- Empecé hacer teatro con un compañero de clase, y no sé ni qué edad teníamos, en el bar de su madre y su abuelo al lado de nuestro colegio. Ahí empecé a escribir. Luego he sido el típico que se metía en las revistas del colegio y acababa enredando por ahí y escribiendo.

Escribí una obra de teatro con dieciséis años, ya más seria. En realidad, es un trabajo que empecé yo solo publicando en la revista del colegio. Aquello pasó a más y se representó y lo escribimos entre varios. Eso fue lo primero que hice serio.

Luego me dediqué a la poesía en el instituto y durante toda la carrera. Hice dos libros de poesía que no publiqué. Y tras la carrera, estuve un tiempo fuera y cuando volví, una amiga mía traductora había aceptado un encargo disparatado de una editorial, que se llamaba Exadra. Una editorial independiente de aquel momento, y un tanto rara. Le habían encargado hacer, en una serie de escritoras sobre personajes históricos, una novela sobre Mesalina. Tenía que ser una escritora haciendo una novela sobre la mujer del emperador Claudio. 

Mi amiga, Flora Casas, que es una traductora bastante conocida (traductora de Naipaul, entre otros), llevaba un tiempo trabajando con eso y descubrió que iba a perder tanto dinero, en vez de traducir, escribiendo una novela, y que iba a ser tan complicado, que dijo que lo abandonaba. Yo me enteré que lo abandonada y dije que lo hacía yo. Me dijeron que no, que tenía que ser una escritora. Y yo dije <<Bueno… di que me llamo fulanita o algo así. Di Mariana, y yo lo hago; o que me llamo Flora Casas>>. Al final aceptaron que lo hiciera, lo publiqué con mi nombre, y esa fue mi primera novela.

Ahí la poesía me abandonó y entré en la narrativa. Había escrito tres cuentos antes, malos, borgianos. No porque Borges sea malo, sino porque yo era muy malo. Y había decido que, aunque esos cuentos no funcionaban, podía dedicarme a escribir. Por entonces, aproveché esa oportunidad tan extraña. Así, mi primera novela fue por encargo.

P.- Considero que es bonito el proceso de escribir, aunque la historia en sí sea mala…

R.- La profesión de escritor es muy insatisfactoria. Por ejemplo, yo soy aficionado, pero soy un guitarrista, muy malo, hecho así mismo. En los tiempos de más estrés de mi carrera de editor decidí comprarme una guitarra eléctrica, y dedicar el tiempo que estaba en casa a tocar la guitarra eléctrica. Algo aprendí, un poco.

Cogí un profesor de Jazz y estuve aprendiendo un poquito en serio. En dos o tres meses avancé muy deprisa. Aprendí a tocar mucho mejor que cuanto era adolescente y me dedicaba más a eso.

Me di cuenta de que la literatura da muy pocas endorfinas comparada con la música. Modiano decía que cuando uno se pone a escribir es parecido a cuando uno se va a meter en una piscina, empieza a dar vueltas alrededor y dices <<¡uf! va a estar fría, no me apetece>>; hay que lanzarse porque si no uno lo deja. Es muy parecido a eso.

Sin embargo, la música es muy satisfactoria. Para los músicos tocar es muy agradable. No sé para lo que viven alrededor. Yo molestaba mucho en mi casa, pese a que lo hacía con cascos. Mi hija y mi mujer me echaban de todas las habitaciones. Pero yo me lo pasaba muy bien. Tuve que dejarlo, porque si toco la guitarra no escribo.

P.- Sabiendo que has trabajo como editor y escritor, y que además tu último libro ‘El impresor de Venecia’ trata sobre el que se considera el primer editor moderno de la historia. ¿Cómo dirías que ha cambiado el panorama editorial en estos últimos años?

R.- Si yo escribí sobre Aldo Manuzio, impresor del siglo XVI, es porque el oficio de editor no ha cambiado mucho en todo este tiempo. A mí me parece que se asemeja mucho lo que hacía Aldo Manuzio a lo que hacemos los editores ahora. 

Yo sigo editando un poco, muy poco. Hago cuatro libros al año, por lo que solo  es un entretenimiento. Además, no lo hago yo, lo hacen alumnos míos a los que enseñamos en el Máster de Edición de la Universidad Autónoma, y nos peleamos un poco hasta que sacan unos libros todos los años. Entonces, mi trabajo ahí es mas de profesor que de editor. Pero no deja de ser editar libros y sigue siendo exactamente lo mismo.

Me imagino que en el futuro cambiará y que se harán los libros actuados, serán como películas o como series, y no habrá libros. No sé qué diablos va a pasar con la narrativa, la novela y el ensayo. Todo eso, me imagino que entraremos en el mundo nebuloso de la imagen y que lo barrerá todo. En el que ya estamos; y que me parece, además, un terreno estupendo.

Pero de momento, lo que sigue siendo editar, aunque sea online, un libro se parece mucho a lo que hacía Aldo Manuzio. Yo creo que no ha cambiado demasiado. Lo que ha ocurrido, pero sigue siendo lo mismo, es que el mercado se ha impuesto de una forma absoluta. Digamos que los escritores siempre han tenido que pelear, y los editores también, contra la censura. Cuando se ha escrito aquí en España bajo Franco, bajo una tiranía absoluta, una dictadura, había una censura muy importante.

Pero desde siempre, la mayor de las censuras, por encima incluso de la censura de los tiranos de distintas épocas, ha estado en el mercado. El mercado es la forma de censura más importante que hay. Si un escritor no consigue adaptarse a lo que el mercado pide, es como si un escritor no consigue adaptarse a la censura de un tirano. Escribir bajo una dictadura es escribir con elipsis, buscar los modos de saltarse la censura. Escribir bajo la dictadura del mercado, que es lo que tenemos ahora, es más o menos lo mismo; tienes que buscar el modo de no molestar al mercado para decir exactamente lo tuyo. Buscar esa combinación es complejo, nos hace pensar.

Yo no me quejo, porque quejarse no sirve de nada. Pero me dedico a escribir contra el mercado, y consigo que me publiquen. Y funciona, o me funciona a mí, y por lo menos eso me consuela. 

P.- Aparte de esa censura del mercado y quizá tanta oferta que tenemos hoy, ¿crees que hace más complicado editar o que haya más trampas?

R.- La edición tiene una trampa y es que está destinada a la venta. Eso es suficiente trampa. Tienes que adaptarte al mercado y tienes que pelear con él. Es una selva que no impera la razón en absoluto, funciona a través de los impulsos descabellados de las personas.

Esto está hecho por un tal economista, anti-escuela de Chicago, pero creado en la escuela de Chicago, que tiene un premio Nobel hace muy poco tiempo. Y viene con esta teoría: el mercado financiero, el mercado de los libros y cualquier otro funciona de una forma irracional, a base de impulsos de clientes que los mercaderes intentan provocar. Así que nos equivocamos casi siempre cuando compramos.

Thaler habla en vez de del homo sapiens del homer sapiens como comprador. Y me parece que tiene mucha razón. Entonces, a eso es lo que se enfrenta un editor. Si en principio es un editor que lucha por crear un patrimonio literario que esté en las tiendas, pues tiene que trabajar muy hábilmente porque tiene que trabajar contra la locura del mercado.

P.- Cuando terminaste de escribir el Impresor de Venecia, con el que tuviste que investigar sobre la vida de Aldo Manuzio, intercalando la realidad y la ficción en una novela. ¿Qué crees que es lo más importante que has aprendido como novelista después de escribir esta historia?

R.- Siempre que uno escribe novela histórica, siempre que entra en ese género de poner como personaje a alguien que en realidad existió, tiene que mezclar realidad y ficción. Pero yo creo que eso lo hacemos incluso cuando contamos nuestra vida a los demás, lo cual tan poco es ninguna cosa especial. La realidad casa muy bien con la ficción, sirve para apañarla.

Yo he de confesar que no investigué. No soy un investigador, lo que he hecho es leer mucho sobre lo que otros investigadores han aportado sobre la vida de Aldo Manuzio, y hay obras muy importantes que nos lo descubren.

Lo que sí he hecho, lo que puedo aportar yo ahí, es intentar ver en qué medida eso es actual. Yo lo he contado ambientado en su época, pero con una especie de teoría que se llama actualismo. Miro al pasado (no soy un arqueólogo), lo que hago es hablar del pasado pero en el fondo estoy hablando del presente.  Ese es el asunto. Yo cuando hablo de Aldo Manuzio estoy hablando de la edición en este momento. 

Lo que pasa es que hay que irse muy lejos para mirar desde la distancia lo que estás viviendo, y este suele ser un buen modo. Irse a una época pasada no con la intención de reconstruir esa época, no soy historiador y si presumiera de eso estaríamos perdidos. Es con la idea de hablar de cómo somos.

Aldo Manuzio y su comportamiento explica muy bien cómo funciona la industria editorial actual. Yo creía, antes de empezar a escribir la novela, que Aldo Manuzio era un editor independiente. Y me di cuenta cuando la escribí que era un editor que estaba bajo un gran grupo editorial. La Grande Compañía se llamaba. Es un grupo editorial de origen alemán que tenía libreros, distribuidores, impresores… a lo largo de toda Europa. No tenía el monopolio, pero sí tenía un 30% o 40% de la producción. Él se casó con la hija del heredero de ese grupo editorial, Torresani.

Entonces, me sorprendió ver que el gran grupo editorial era casi anterior a la editorial independiente. Será que el orden de las cosas, en principio, lógico habría sido al contrario: primero están los editores independientes que hacen lo que quieren. y no, en realidad, lo que montó la imprenta es una empresa moderna. Una empresa de explotación de trabajadores al modo moderno, casi una cadena de producción a las que estaban incorporados los propios escritores como correctores de sus obras. Una cadena de producción fordiana en el siglo XVI.

El primer producto fabricado en cadena es el libro. Lo cual es muy paradójico, porque siempre hemos pensado que el libro es un elemento de libertad. Pero las formas de explotación de los trabajadores iniciales, en colectivos (en grupos de trabajadores), la invención del reloj comunal para controlar las horas de los trabajadores… todo eso tiene mucho que ver con la imprenta.

El reloj de San Marcos de Venecia está puesto ahí porque Venecia dejó la posibilidad de que todos los impresores alemanes (y de otros sitios) se concentrarán ahí. Porque Venecia era un grupo de islas que no conseguían producir nada, y eran simples intermediarios que conocían muy bien las vías de integración de los libros en Europa, y de todos los productos, como la seda. Todo pasaba por Venecia, y por Florencia y Génova. Ellos cogieron el monopolio del libro y lo convirtieron en un producto de venta internacional, con empresas deslocalizadas y multinacionales, una cosa muy moderna.

Reloj de la Plaza San Marcos de Venecia

Si Marx oyera esto diría que estoy zumbado, porque para él no existe este tipo de relación laboral de explotación capitalista hasta que no llega la Revolución Industrial. Pero en cierta medida la imprenta montó una pequeña industria de fabricación de obras en serie. Los primeros papas cuando veían las biblias que tenían siempre las erratas en la misma página y en la misma línea, pensaban que eso solo lo podía hacer el diablo. Porque antes cada copista hacia su obra, y por lo tanto cada libro tenia erratas distintas. Incluso aunque había sistemas ya inventados en Roma por los cuales se dictaban los libros y entre varios lo copiaban a la vez, las erratas eran distintas. Así que la imprenta es como el diablo se equivoca siempre en el mismo sitio.

P.- Es curioso que en el libro y también en una conferencia que diste en la Biblioteca Nacional, específicas que hubo una crisis en la edición y los libros, que se podría extrapolar a la actualidad también.

R.- Sí. Si se inventó la imprenta es porque había una demanda tremenda de libros. Estaba todo el mundo pensando el modo de producirlos en cadena. Se ajustaron las cosas hasta que lo consiguieron afinar en una máquina bastante compleja. Porque fabricar un libro es mucho más complicado que cualquier otra cosa.

En el momento en que había una demanda enorme, pusieron encima de la mesa una oferta mucho mayor. Por eso, entró en crisis rápidamente. Cuando hay una oferta tan grande, los intermediarios se endeudaban con los libros y se arruinaban. Cayeron bancos, y cayó de todo, a los veinte años de haberse puesto en marcha la impresión del primer libro en serie. Y las crisis se fueron sucediendo hasta ahora. No tienen ninguna diferencia las crisis actuales con las crisis que había ya en aquella época. Son parte del asunto, y siempre hay alguien que, en ese momento, es cuando más se forra. Si no estuviesen inventadas, alguien las inventaría rápidamente.

P.- Hablando un poco de las herramientas que tiene un escritor a la hora de tirarse a la piscina de escribir, ¿eres de los que hace como una mise en place antes de escribir o se tira al papel directamente?

R.- Yo no sé nadar, así que si me tiro tiene que ser con flotador.

No conozco a ningún escritor que haya publicado más de cuatro novelas que escriba sin pensar antes. Lo puedes hacer apuntando lo que vas a escribir. Hay escritores que se escriben en tercera persona la historia, el mito (como decían antes) o el argumento, se lo cuentan a sí mismos previamente. Y hay otros que simplemente están en su casa mirando al tejado y dicen: voy hacer esto o lo otro. Alguno se hace un esquema.

Es muy fácil que te pongas a escribir al azar en un ordenador, o con un lápiz y un cuaderno, y te salga una escena cualquiera y que digas <<¡huy!, esto me gusta. A partir de aquí voy a construir una historia>>. Pero en algún momento tienes que parar y decir << ¿esto qué es? ¿qué es lo que estoy haciendo?>>, porque lo que voy hacer necesita técnica y trabajo.

Hay una idea romántica (romántica literalmente, es una idea del nacionalismo romántico francés) disparata, pero que sigue funcionando en literatura, que es: pensar que uno puede hacer una novela de 200 o 400 páginas sin técnica. Lo necesario para hacer una novela es plantearse técnicamente cómo vas hacer eso. Hay también una cosa muy dura, y es que cuando te planteas técnicamente cómo la vas hacer te das cuenta de que no sabes cómo resolver técnicamente una novela, porque no funciona igual que la anterior que habías escrito. Así que te tienes que inventar la técnica para escribir cada vez.

Pero, por supuesto, existe un sustrato de ideas o experiencias de escritores que uno puede consultar, y le sirven a uno para afinar. Es decir, las musas no se posan sobre los escritores y les dictan las obras. Esto es tan evidente, que resulta complejo tener que decirlo en el siglo XXI. Pero hay mucha gente que piensa que es lo que decían los franceses: el genio de la lengua pertenece a los poetas, y por lo tanto, ellos con la inspiración del genio de la lengua sacan adelante las obras. La lengua o las musas no le dictan al poeta los poemas, ni al narrador sus narraciones; ya sean en verso o en prosa. Todo eso se hace más fácilmente si uno conoce una serie de técnicas.

Lo que pasa que en el siglo XIX se abandonó el uso de la poética y la retórica, se había dejado antes porque tenía muy mala fama. Entonces, la técnica de escribir está abandonada. En Europa casi totalmente. En EEUU y en Latinoamérica no. Nos llevan ventaja, y por eso la literatura latinoamericana y estadounidense, en este momento, tiene más fuerza que la literatura europea. Pero tiene fácil solución. Simplemente hay que sentarse, ver cómo se escribe una novela, plantearse las distintas posibilidades, pensar qué es lo que quiere uno contar, y a partir de ahí dar los pasos como uno puede. Desde cero o después de la experiencia de escribir varias, aunque no es que resulte mucho más sencillo, pero uno le va cogiendo el tranquillo.

P.- ¿Qué opinión tienes sobre el uso del lenguaje inclusivo?

R.- Para mí es evidente que la RAE se ha deslizado completamente en esta cuestión. Una institución que en este momento está pensando que la tarea que hay que hacer con la lengua española es limpiar, fijar y dar esplendor, está absolutamente equivocada. Esos son preceptos del siglo XVIII que no vienen a cuento en el siglo XXI. Las lenguas cambian porque los hablantes cambian. Y muchas veces las lenguas cambian por decisiones políticas.

Hay gente estupenda en la academia, por ejemplo, me parece Bosque un lingüista maravilloso, hay lexicógrafos estupendos; pero lo que hay es demasiados hombres y muy pocas mujeres. Son muy mayores, son cargos vitalicios. No hay que poner a otro, no estoy diciendo que los echen, sino lo que tienen que hacer es cambiar de opinión, abrirse un poquito y darse cuenta de que cuando hay una demanda social hay que atenderla. De todas formas, si no lo hace la academia ya lo está haciendo otra gente.

Nos tenemos que plantear en qué medida el lenguaje inclusivo es necesario. De una forma natural ya se está ejerciendo. A mí me gusta mucho el ejemplo que cuentan los entrenadores que trabajan con equipos femeninos, y ellos son varones. En los momentos de apuro en los intermedios dice <<¡tenemos que atacar todas juntas!>>. Utiliza ese femenino colectivo que le incluye a él. No es porque él se sienta una mujer, es porque no quiere quedarse fuera. Es que quedarse fuera es muy jodido.

El lenguaje está montado a través de una larga cultura por los hombres, porque han tenido el poder cultural desde siempre. Aunque luego ha habido mujeres que han cambiado la cultura desde dentro. Y si se nos demanda desde un colectivo, que son las mujeres (amplísimo que forman por encima del 50% de la población), que le demos una vuelta al lenguaje porque es exclusivo, ¿por qué no darle una vuelta? Otra cosa es ordenarle u obligarle a alguien, o prohibir cosas, no. Pero plantearse todo esto, sí. 

A los que damos clase nos encontramos a veces con clases en las que hay 30 mujeres y 3 hombres, la verdad es que decir <<tenéis todos que hacer…>> queda fatal. Y cuando mandas un email a un grupo de alumnos que ves que son 7 chicas y un chico, no funciona. Si todo el mundo lo aceptará funcionaría, pero como hay gente que dice que no funciona hay que escucharles. Ahora, ¿que eso tenga fácil solución? pues no. ¿Qué se puede cambiar la constitución y hacerla con lenguaje inclusivo? Sí, no lo ha hecho la academia, pero ya lo está haciendo otra gente y queda muy bien.

P.- Esa es la lucha que se tiene en las redes sociales, sobre todo Twitter…

R.- Yo no funciono con eso, lo siento. Aunque tengo un Facebook que abrí una vez, porque no me quedó más remedio que contestar a un artículo que se metía con un libro que a mí me parecía muy bueno. Y entonces pensé en contestar, pero cuando estaba contestando me encontré, cuando ya lo había acabado, que tenía que mandarlo a través de Facebook. Entonces, me abrí uno y lo hice. Y a las dos semanas dije <<pero que pérdida más completa de tiempo>> y no he vuelto a pasarme por allí. Pero esa ha sido mi única red social. Tengo WhatsApp, pero me cansa muchísimo. Aunque hay cosas interesantes, pero me agota. 

P.- ¿Qué opinas del uso de las redes sociales para promocionar? ¿Y también sobre el problema que hay con las editoriales que están pidiendo que esa persona tenga un mínimo de seguidores para poder publicarle?

R.- Eso es todo un arma de doble filo. Yo creo que la promoción debe ir separada de la creación. Yo no puedo decirle a la gente <<compra mi libro que es estupendo>>. Yo es que no podría porque me da mucha vergüenza. Además, que la gente diga  sin más que mi libro es estupendo también me da un poco de vergüenza; pero no le pongo trabas a la pobre editorial que me publica. Jamás le pongo trabas, para que hagan la promoción que ellos consideren adecuada. No voy a ponerme sin purista, encima de que no consigo  vender demasiado.

Lo que no puede ser es que uno promocione sus propias cosas. Ya sé que es la base de la promoción. Es decir, las empresas cuando dicen <<Colón es el mejor detergente>>, están diciendo <<nosotros hacemos el mejor detergente>>. Contratan a alguien para que lo diga por ellos, pero no deja de ser autobombo. El autobombo es vergonzoso. No me parece que la gente deba entrar en esas cosas. Pero solo es un consejo, no estoy en contra de que la gente intente promocionarse y haga lo que pueda si no consigue entrar por la vía normal. Que cada uno haga lo que pueda. Yo tengo mucha suerte y no tengo que dedicarme a la autopromoción, porque eso para mí sería una buena razón para dejar de escribir o poder publicar.

P.- ¿Y de la autoedición?

R.- A la autoedición le veo también ese tipo de problema. Pero entiendo que alguien que no consigue encontrar un hueco para su novela busque los modos de editarse.

Editar es muy complejo. Un editor es una cosa muy necesaria para un escritor. Poder contrastar con alguien si lo que he hecho funciona o no. Cuando tú estás trabajando en una obra de “x” páginas los árboles no te dejan ver el bosque, y desde fuera muchas veces se ve mejor.

La labor del editor tampoco hay tanta gente que lo haga, yo tengo la suerte de que en Tusquet Juan Cerezo es un excelente editor. No creo que en España haya tanta gente que esté trabajando de forma seria la edición. Pero es que luego la edición necesita un serio trabajo sobre lo que es la corrección de erratas, que un escritor no puede localizar porque lo ha escrito él. Puedes ser un excelente corrector profesionalmente, pero cuando escribes una novela no puedes ser corrector de tu propia novela, porque ya la tienes escrita en la cabeza. Pasas los ojos por las palabras y no lees lo que está escrito. Lees lo que escribiste. No cazas las erratas. El proceso de edición debe ser ajeno, pero yo entiendo perfectamente que alguien que no consiga entrar por los cauces tan difíciles, pese a que se publica tanto, que busquen los modos que ellos encuentren para publicarse.

Galdós decidió montar su propia editorial, porque pensaba que le estaban timando. Y probablemente le estarían timando, porque era una costumbre del siglo XIX. Y en el XXI también. Timar a los escritores por parte de los editores es una costumbre muy antigua y arraigada en el oficio, que afortunadamente no hacen todos. Pero Galdós decidió publicarse sus libros, y las pasó canutas, porque es un verdadero problema publicarse a uno mismo. Y tuvo que ocuparse de montones de cosas que no son las cosas en las que debe estar pensando un escritor cuando hace un libro. Otra cosa es que seas editor y publiques libros de otros. Pero publicarse a uno mismo es un desastre.

La edición es un oficio maravilloso. Y yo creo que hay mucha vocación de editor. Veo que hay mucha gente que se lanza, incluso sin haber aprendido, porque es un placer editar una novela.

P.- En cuanto a tu novela Hipnos que la llevaron al cine, ¿cómo fue la experiencia?

R.- Se ofrecieron para hacer la obra, y yo dije que me parecía muy bien, no puse ninguna pega. El resultado es visualmente muy interesante, pero creo que falla la película. Yo también cuando les vendí la opción a quienes la hicieron, les dije que hicieran lo que ellos considerarán adecuado y les di total libertad. Me parece muy bien que hicieran lo que hicieron. En muchas cosas era una película muy fiel a la novela, pero el marco estaba cambiado y no funcionaba.

He trabajado en cine en  más  cosas y la verdad es que es un mundo que no me atrae demasiado. Es un mundo muy jerárquico. No sé si habrá gente que funcione de otro modo, pero yo por lo que vi y la experiencia que he tenido (aunque saqué buenos amigos de aquello) me pareció muy jerárquico.

Escribir guion me encantaría, y teatro, pero no me dedico a eso, luego no puedo hacerlo.

P.- ¿Tienes algún proyecto para el futuro?

R.- Sí, estoy acabando en este momento una novela. Llevó ya mucho tiempo diciendo que estoy acabándola, pero no consigo acabarla. Espero que a lo largo de este mes acabe la novela.

Ahora estoy con un personaje también muy interesante: Eurípides. Me he metido en el siglo V. Y de nuevo, yo no soy un investigador, pero me he tenido que leer muchas cosas. Tengo un documento bibliográfico que es tan largo casi como mi novela, con apuntes que debería haberme leído y que evidentemente no me he leído. He leído muchos, pero he tenido que seleccionar muchísimo; porque  aunque es un mundo que yo conocía desde hace mucho, siempre me ha gustado, es un mundo inmenso. 

Me ha parecido que Eurípides era como Picasso, un verdadero innovador. Cada obra que escribía la hacía marcando una línea totalmente distinta, el modo de trabajar el argumento, los personajes y los modos musicales. Eso lo hemos perdido casi todo. Antes se hablaba de música en vez de poesía: la música como el arte que las musas enseñan a los escritores o los poetas. Entonces, un poeta, además de hacer versos y contar historias, sabía tocar instrumentos y componer canciones para sus obras.

P.- Hemos puesto en marcha una cadena, para regalar cultura. ¿Qué libro de los que has escrito te gustaría que le regalásemos al siguiente entrevistado?

R.- El impresor, porque si os pongo otro libro muy anterior no lo vais a conseguir. Además, creo que voy mejorando. Me gustaría pensar que los libros que he ido haciendo son mejores que los anteriores, porque he ido mejorando poquito a poco; y creo que mejoraré más.

P.- El entrevistado anterior fue Alexis Falkas, y ha tenido el detalle de mandarnos el libro firmado para ti.

R.- Muchas gracias Alexis, lo leeré con ilusión. Tiene muy buena pinta.

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