Atormentada

Atormentada

La noche del veintitrés de junio de dos mil dieciocho salí con unas amigas. Me apetecía tener una noche para mí, tumbada en el sofá viendo series de Netflix, pero accedí. Ellas estaban obsesionadas con que tenía que arreglarme y ligar. Creían que mi ruptura con Carol todavía me estaba rondando la cabeza, y a lo mejor no se equivocaban.

Esther vino a mi casa y me obligó a ponerme un vestido rojo y un pintalabios del mismo color. Me sentía desanimada, pero se me pasó con la primera copa. Después otra. Y otra. Mi cuerpo estaba flotando mientras mi mente seguía viva, muy viva. Entre cada parpadeo de luz en la discoteca veía una escena nueva: Esther pidiendo una copa, María hablando con un chico, Carlos bailando en la pista. Al último pestañeo de luz vi a Carol. Allí estaba, mirándome con esos ojos grises que reflejaban una perfecta luna llena. Eso es lo único que recuerdo. Creo que si debo morir ahora es la imagen que desearía recordar.

Después de aquello, con un dolor de cabeza intenso y una rigidez en todos mis músculos, mis ojos se abrieron. Se abrieron poco a poco, como en un sueño. Al principio no veía nada. Un techo marrón, quizá. No sabía muy bien donde estaba. Era la primera vez, en años, que me emborrachaba de aquella forma.

Cuando terminé de despertarme, me di cuenta, por primera vez, que estaba encerrada. Lo primero que hice fue intentar tocar la madera de pino que rodeaba todo mi cuerpo. No hubo éxito. Creo que no era plenamente consciente de ello hasta que oí hablar a alguien fuera. En ese preciso instante supe dónde estaba. Era un ataúd. Mis pulmones comenzaron a respirar con fuerza, como si se me agotara el oxígeno aquí dentro. La verdad es que poco a poco se acabaría. Intenté gritar, pero solo conseguía producir un leve pitido de unos pulmones asfixiados. Pensé que era un sueño, me había emborrachado demasiado y estaba alucinando.  Quizá alguna droga había caído aquella noche a mis manos. Con el paso de los minutos, aquella idea se desvaneció de mi mente.

Empecé a escuchar llantos. Toda mi familia estaba allí. Carol estaba allí. Pensé que mi pesadilla acabaría si abrían la caja. Pero eso no pasó. Nadie quería verme de aquella manera: dejarían la tapa cerrada. No podía creer que eso fuera cierto, era una locura. Intenté elaborar un plan que me sacara de aquí, de este ataúd en el que yo aún respiro. Sigo viva.

Mis músculos estaban muy debilitados, como si llevase seis meses en cama. Así que solo conseguí, con mucho esfuerzo, rozar la caja con la punta de mis dedos. Tampoco podía gritar. Ni si quiera hablar. Solo podía respirar, cada vez con menos intensidad, y llorar. Las lágrimas me caían por las mejillas mientras mi agonía aumentaba. Escuché cada una de las plegarias de mis padres.

Al cabo de unas horas, o eso creo, nos movimos. El entierro dio comienzo. A pesar de estar encerrada a cal y canto, noté un leve olor a incienso. La misa comenzó. Después solo escuché ruido, llantos y, por último, silencio. El silencio de una amarga soledad. La tristeza de imaginar tu lenta pero inexorable muerte. Se me ocurrió imaginar cómo podría haber fallecido, a lo mejor era un camino hacia la luz. Pero mi cabeza, a pesar de estar al borde del precipicio de la nada, no se resignaba a creer en la luz del más allá.

Llegó una gran ola de viento, la que me indicó que el cementerio había llegado. Antes de bajarme al hueco de tierra, expresamente cavado para mí, empecé a mover la cabeza levemente y una mano. No llegó a tiempo. Todavía no era capaz de producir un golpe sonoro que se oyera en el exterior. Pero sí fui capaz de poder descubrir de reojo lo que llevaba puesto, por unos ojos adaptados a una noche eterna. Era el mismo vestido rojo de la noche anterior. No me disgustó, porque era el vestido que había llevado en mi primera cita con Carol. Quizá habían decidido que era bonito. Quizá fuera ella quien lo pidiera. Escuché una llave que cerraba la caja. Nos movimos, y mi esperanza de salir viva de aquí se hundía con firmeza en una caja de pino, asegurada con llave.

No puedo describir lo que sentí: miedo, quizá terror, pero también paz, silencio. El ruido comenzó cuando oí la tierra caer sobre mí. El grito de mi madre hizo a mi cuerpo temblar. Sabía que no iba a salir de aquí nunca. Solo quedaba esperar.

Para mi sorpresa, comencé a mover todo el cuerpo. Incluso podía empujar la tapa. Demasiado tarde, la tierra estaba sobre mi cabeza. Solo quedábamos ella y yo. Lloré, grité, insulté y maldije. Sabía que no serviría de nada, así que me tranquilicé e intenté dormir. Quería morir dormida, pero no funcionó. Creo que mi corazón quería decirme que no se había acabado, que quedaba un último mensaje.

Es cierto que en un ataúd no hay demasiado sitio para moverse, pero soy pequeña y la caja es de un tamaño considerable. Recordé que había escrito una carta para Carol. Mi objetivo era dejársela en su buzón, mientras, borracha, intentaba volver a casa. Pero ya veis, algo se truncó en el camino. Rebusqué en mi pecho y allí estaba. Una idea increíble, aunque sin bolígrafo no había forma de escribir mi mensaje. Decidí morderme con fuerza un dedo, pues lo más probable es que muera de todas formas. Grité de dolor y rabia, pero conseguir que brotara la sangre. 

Es imposible escribir un mensaje encerrada aquí dentro. Con solo una leve <<C>> me siento satisfecha. Una <<C>> de Carol, de cruz, de castigo, de condena, de criminal… Una letra que indica que aún sigo viva. Atormentada por unos ojos grises lujuriosos que un día miré desde mi ventana una noche sin estrellas. Una noche en la que las brujas salen de paseo por las calles de la ciudad, buscan tus peores pesadillas y las hacen realidad.

No sé si en este ataúd entrará la luz de nuevo algún día. Pero por si alguien decide excavar este túnel oscuro y abrir la llave que llegue hasta mí, dejo la carta encima de mi pecho sin vida. No sé cuánto tiempo me quedará. Quiero que alguien pueda entregar mi carta a Carol. Todo lo que quería decirle está detrás de esta hoja manchada con sangre. La sangre que una noche negra derramé jurando amor.

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