A la caza

A la caza

Las petunias y las magnolias están en el centro de la mesa, donde se van a sentar los novios. Con total seguridad, a ella le van a gustar tanto como a mí cuando las escogí. Estas plantas eran las favoritas de mi madre. Obviamente no lo he hecho por ella, es, en realidad, una táctica para que todo el mundo se sienta cómodo, cosa que he trabajado con mucho esmero. El sol se está reflejando en la pequeña fuente de agua portátil que hay en medio de la carpa. Magnífico. El color del césped está en su mejor esplendor y está cortado a la medida exacta.

Hace un instante que he repasado todas las mesas y ya siento que me olvido de algo. Por lo que repaso, de nuevo, cada asiento con la imagen del invitado. Recuerdo que se lo pedí a la novia para que cada comensal estuviera sentado en el lugar correcto. No hay cosa que más rabia me dé que ver a personas aisladas de su círculo. Todo debe ser perfecto. Mi trabajo no consiste solo en hacer el sueño realidad de la novia, también que todo esté en orden. El orden cósmico que me caracteriza es también heredado de mi madre. Si ella estuviera conmigo, seríamos las mejores en este negocio. De todas las bodas que he tenido que organizar (ocho en concreto), en todas he recibido la enhorabuena.

Los novios están a punto de llegar y aún me quedan muchas cosas que concretar. Camino hasta la cocina y observo que los cocineros ya están ultimando el primer plato y se están poniendo con el segundo. Perfecto. Los camareros están empezando a poner las copas en su sitio, el pan, los entrantes… Aún quedan algunas cosas que perfeccionar, pero creo que no va a ser necesario: algunas imperfecciones hacen que todo esté perfecto.

Huelga decir que, en cierto momento, habrá una sorpresa que les he preparado a los novios. Y eso no hace falta que lo revise con detenimiento porque, al haberlo hecho yo, me fio de mis intenciones. Lo revisé, en su tiempo, cientos de veces. Peco de perfeccionista… qué le vamos a hacer.

Los invitados comienzan a llegar en una especie de goteo incesante. Yo me encargo de darles la bienvenida e indicarles hacia donde deben caminar. También les digo que busquen su imagen en cada silla; no tiene pérdida.

Mientras que los invitados buscan sus asientos y se acomodan, entro en la casa y me dirijo, de nuevo, hacia la cocina; me quiero asegurar de que el menú especial para varios invitados esté preparado y sin problemas. Me comunican que está todo preparado para comenzar a servir. No les puedo dar el visto bueno, aún faltan invitados.

—Tranquilos, en breve os daré luz verde.

Salgo de la casa y me llama la atención unas petunias azuladas… Me ha faltado ese color; pero no lo podía poner: estaba prohibido. Ese color era el mismo que el traje del novio y, por lo tanto, no podía estar en ninguna parte. Me acerco, pues, hacia la flor y me deleito con ella. Y mientras observo las flores que hay alrededor, me doy cuenta de que hay un tractor rojo detrás de la casa. Le estoy viendo la rueda trasera. Me acerco y siento el potente calor que desprende el motor. Lo han puesto ahí hace muy poco tiempo. Yo no he pedido tal cosa; la boda es de clase media-alta. Ni mucho menos iban a querer un tractor para pasearlo por el campo. Quizá en otra época o lugar, pero ahora…

Vuelvo a la carpa y me encuentro con que la mayoría de los invitados ya están sentados en las mesas, por lo que voy a la cocina y doy luz verde para que salga la comida. A partir de aquí, se encargarán los camareros de pedir los demás platos. A partir de ahora, por solo unas pocas horas, me tengo que transformar en una invitada más. De repente, se oye una explosión. Yo no he encargado petardos. Se me viene a la cabeza el coto de caza, que está a unos ochocientos metros, más o menos. Sé, con seguridad, que hoy no hay caza; pero la explosión ha sonado como si se hubiera hecho más cerca de la cuenta. Pienso que el viento ha traído el sonido y por eso se ha oído más fuerte y cerca. Sigo con lo mío, no hay por qué preocuparse.

Los novios comienzan a entrar en el recinto. Lo sé porque el coche lleva un montón de latas amarradas a la parte trasera del coche. He tenido el placer de verlos a solas y van preciosos. Desde luego que, si algún día me caso, me gustaría ir como ella.

Yo estoy sentada en una esquina de la carpa. No conozco a nadie y los novios exigieron que me quedara, por lo que elegí el lugar más tranquilo para mí. Aunque ahora sea una mera invitada, mi trabajo aún no ha terminado.

Mientras estoy disfrutando de unos canapés riquísimos con crema de queso azul, uno de los camareros me hace un gesto con la cara. Eso quiere decir que necesitan ayuda para algo. Me levanto y camino hacia él. Una explosión mucho más fuerte y cercana sacude mis oídos. Eso no era el coto de caza, eso ha sido en nuestro recinto. Los invitados se ponen en alerta, dejan de comer y miran en dirección al sonido. Yo, que me acabo de perder entre todas las miradas, comienzo a mirar en derredor hasta que me encuentro con unos ojos violentos. De soslayo observo que el hombre está delante de la puerta principal de la casa mientras sujeta un rifle. Apunta hacia todos nosotros. Nos mira con ira, como queriendo disparanos y acabar con nuestras vidas en un par de segundos.

Siento que debo hacer algo por intentar salvar las vidas de todos. Pero el hombre clava su mirada en mis ojos y me enseña los dientes. Como cuando un lobo está enfurecido y avisa de un ataque inminente. Salgo corriendo hacia él mientras grito: ¡¡Todo el mundo al suelo…!! No sé si servirá de algo. Debo intentarlo.

Veo que me apunta; no sé a dónde.

Putos humanos de mierda. Jamás han comprendido que la soledad es una parte de la vida; una necesidad que no se puede olvidar. Malditos necios… No creo que la vayan a entender en adelante; por eso es necesario que me ponga en camino y comience lo que debía haber hecho hacía mucho tiempo. Yo necesito que la vida corra en calma. Si me he venido a vivir aquí, al puto bosque, ¿por qué me tienen que molestar? Ellos se lo han ganado.

Siempre he sido consciente de que mis iguales necesitan algo que los tranquilice. Puede que ese algo sea yo. Tengo claro muchas cosas, pero hay otras tantas que no. Me es imposible entender que el ser humano necesite reunirse para celebrar una maldita cosa que va a durar tan poco como el día y la noche. ¿Creen que vamos a ser inmortales? Putos payasos de poca monta…

Me he despertado como siempre, con la brisa de la naturaleza y el brillo del sol. ¿Hay algo más natural que eso? Pero al asomarme a la pequeña ventana de la cocina, he descubierto que alguien había plantado una puta carpa enfrente de mi casa. Aquello me quita las mejores vistas que tengo en toda la casa. ¡No voy a soportar una cosa así! Quien no sea capaz de respetar eso, se las va a ver conmigo de una forma un tanto desagradable. ¡Todo lo que hay alrededor de mi casa me pertenece! Las vistas también. Por lo que no voy a dejar que nadie lo estropee.

Voy a mi habitación y cojo, de debajo de mi cama, el rifle que me regaló mi padre cuando cumplí los diecisiete años. Fue el mejor año de todos. Aprendí a disparar y tuve mis primeras relaciones con la mejor puta del pueblo. También recuerdo a mi primera novia formal. La chica se llamaba Sara, una preciosidad. A los pocos meses de estar juntos la dejé embarazada. Yo me ilusioné con la idea de ser padre; era algo bonito. Eso era lo que decían los mayores. Mi padre me dio una paliza, una de tantas; pero aceptó el hecho de que fuera a ser padre tan joven. Mi madre, en cambio, no lo aceptó. Me dijo que sería un inútil, como mi padre, durante toda mi vida. ¿Dónde tenía la cabeza en aquel momento? La verdad es que no lo sé.

La cuestión es que a las pocas semanas de saber que Sara estaba embarazada, me enteré de que su padre le había dado tal paliza que se había caído por las escaleras y se desnucó. La ira que me corrió por mis venas no fue la de un chaval de diecisiete años, sino de un demonio encarnado.

Recuerdo que cogí una pistola que tenía mi padre y me la guardé en la cintura, por debajo de la ropa. Mi madre me pidió que fuera a por manzanas y mantequilla a la tienda de la esquina y aproveché para ir a casa de Sara. No estaba muy lejos, de ese modo, cuando volviera a mi casa, le podría decir a mi madre que había mucha gente. Colaría seguro. Me puse delante de la puerta y pegué todo lo fuerte que pude con los nudillos. Me abrió el padre, saqué la pistola y le disparé en la cabeza. Salí corriendo e hice la compra con toda la tranquilidad del mundo. Ese hijo de puta se merecía morir. Mató a mi novia y a mi hijo.

Cuando mis padres se enteraron de que a aquel hombre lo habían matado, me encerraron en mi cuarto hasta que se esclareciera lo sucedido. En un principio dijeron que había sido un ajuste de cuentas, ya que tenía algunos trapicheos abiertos por ahí. Poco a poco se fue cambiando de teoría. Jamás me pillaron. Y nunca lo harán. Aquí sigo: vivito y coleando.

La primera persona que maté fue el padre de Sara, después vino otro. Más adelante maté a otros tantos… Puede que la culpa de lo que hice se la tenga que echar a mi padre. Fue él quien me enseñó a disparar tan bien como lo hago. Nadie es capaz de escapar a mi mira telescópica.

Salgo de mi casa y camino en dirección a la carpa. No recordaba que habían puesto una valla para que nadie pudiera pasar, por lo que paseo por el bosque hasta llegar a una carretera secundaria. Allí me encuentro con el tractor de mi fiel amigo Don Nadie. Me monto y voy en dirección a la fiesta. Menuda sorpresa les espera, pienso.

Me bajo del tractor, me subo los putos pantalones que siempre se caen y recojo el rifle. Me aseguro de que esté bien cargado y con suficientes balas cómo para matar a un regimiento y camino en dirección a la maldita carpa. Pero como comienzo a ver gente andando por la zona, agarro el rifle con una mano, apunto al cielo y disparo. Y para mi sorpresa nadie se sorprende. Es bastante raro, la verdad. Sin embargo, no me detengo ni un segundo. Estoy decidido a parar aquella mierda de festividad sea como sea.

Me adentro en la finca y veo a una multitud de personas sentadas en unas mesas de color morado. La gente parece que se lo está pasando bien, y yo, acompañado de mi querido rifle, voy a joderles el día. Y puede que la vida al completo; no me va a temblar el pulso. Por lo que, esta vez, apunto hacia la carpa y disparo. Todo el mundo me mira con cara de sorprendido.

Una mujer joven se me queda mirando, le apunto con el rifle y le enseño los dientes, como si fuera un lobo hambriento. Para mi sorpresa, comienza a correr hacia mi dirección y grita algo que no puedo oír. Aunque no quiera, los años no han pasado en vano: los oídos ya no son lo que eran. Aprieto el gatillo y no sé hacia dónde ha ido la bala. La mujer cae al suelo, pero se vuelve a levantar como si nada. Mierda, no le dado, pienso.

Le doy a unos invitados. ¡Qué se jodan!

La mujer comienza a correr de nuevo hacia mí. No le puedo permitir tal propósito, por lo que apunto y disparo. Fallo, otra vez. Ahora el disparo ha ido hacia el novio, que, por lo visto, estaba tratando de ayudar a los demás. Que pronto se ha quedado viuda. Ahora sí que ha dejado de correr hacia mí. Comienza a correr hacia otro lugar, en dirección al bosque; y eso tampoco lo puedo permitir. Esa zona es mía. Me costó mucho trabajo hacer que fuera mi hogar.

Voy detrás de ella mientras intento apuntar y disparar, pero me es imposible; no estoy acostumbrado a hacer una cosa así. Solo puedo perseguirla hasta que se canse y, después del paseo por mis tierras, pegarle un tiro en la cabeza, como si fuera un venado perdido en medio de este bosque tan perfecto para cometer un asesinato más. ¿Asesinato? Si entra en mis tierras es allanamiento, por lo que he defendido mi casa. Nadie lo va a poner en duda. Después diré que me confundí con un animal y listo, caso cerrado. A alguien tan cuerdo como yo no lo encierran así porque sí.

Intento hacer lo que puedo, pero los disparos… Dios…

Ahora me persigue por el campo. Me tiene a tiro y no dispara. Me ha dado una ventaja que no puedo distinguir si es positiva o no. Solo tengo que seguir corriendo hasta adentrarme en el bosque; seguro que allí lo puedo despistar. Luego, podré volver a la carpa y ayudar con los heridos. Espero que solo sean heridos.

No sé hacia donde me dirijo. Yo solo veo campo abierto y muy poco follaje para poder esconderme. Lo único en lo que pienso es en no tropezarme, como siempre pasa en las películas cuando alguien persigue a otra persona por medio del bosque. Intento correr más rápido. De vez en cuando giro la cabeza para ver a qué distancia está. La última vez que giré la cabeza estaba a una distancia lo bastante lejos como para girar en algún sentido, meterme en la carretera y buscar ayuda inmediata. Sin embargo, si hago eso, es posible que el malnacido vuelva a la carpa y dispare contra todo el mundo. Y eso no lo puedo permitir. No, señor.

Poco a poco diviso el principio del bosque. Es mi salvación. Si puedo perderlo allí dentro, después puedo salir y llamar a la policía. Me aseguraría de que los invitados están a salvo y sacarlos de allí cuanto antes. Lo malo es que se sepa el bosque como la palma de su mano y me cace, como a un animalucho perdido en medio de los árboles.

Sigo corriendo. Siento cómo la parte derecha de mi vientre arde. No estoy hecha a estar corriendo durante largos minutos por el campo. Pero no puedo pararme ahora, debo continuar sin hacerle caso a las recomendaciones de mi cuerpo. No puedo pensar en sentarme y recobrar el aliento. El corazón me va a mil revoluciones. La garganta me quema. Siento pinchazos en el pecho y parece que empiezo a ver un poco nublado. Necesito parar. Los árboles, cada vez, están más cerca. Ellos serán mis guardaespaldas.

He dejado de mirar hacia atrás. El solo hecho de saber que aquel tío me persigue con un arma hace que me paralice por momentos. Pues, ¿qué haría otra persona en mi lugar? Lo último que haría es parame. O intentar razonar con él.

Al cabo de algunos minutos, que se me han hecho eternos, entro en el bosque y busco el árbol más grande para resguardarme. Supongo que detrás de un gran tronco no me va a encontrar tan fácil. Y en unos segundos encuentro un árbol muy grande. Me pongo detrás y pego la espalda a él.

No sé cuánto tiempo pasa, pero al cabo de un rato escucho pisadas que se acercan hacia mí. Miro hacia arriba y veo que hay ramas gruesas en las que puedo agarrarme y trepar. Sin embargo, el ruido que podría hacer al subir lo alertaría y sería pan comido. Esa no es una opción viable. Lo único que puedo hacer es calmar mi respiración y no hacer nada de ruido con las hojas caídas de las ramas.

De pronto, empiezo a sentir unos cosquilleos en la espalda y la nuca. Me paso la mano y encuentro que estoy repleta de hormigas. Miro el tronco y, donde me he puesto, hay un pequeño hormiguero. Me están mordiendo en el hombro, la nuca y la espalda. No puedo hacer ningún ruido si quiero seguir viviendo. Sus pisadas están más cerca. Incluso puedo escuchar su aliento.

La zorra se ha escondido en algún lugar para que no la encuentre; pero lo que no sabe es que yo me sé esto como la palma de mi mano. No me va a costar mucho esfuerzo dar con su cuerpo y meterle una bala en su puta cabeza. ¡Nadie jode mi tranquila vida! ¡Nadie!

Creo que se ha metido en alguna zona del bosque, pero tan profundo, que querrá salir de ahí en cuanto crea que me ha despistado. La pobre ilusa saldrá de su madriguera y yo la cazaré, como un cervatillo buscando a su mamá. Mi mejor estrategia para eso va a ser quedarme quieto detrás de un árbol y esperar un poco. Seguro que me ha escuchado acercarme, incluso habrá oído mis respiraciones. Estará en alerta. Pero la diferencia entre ella y yo, es que yo llevo un rifle, y ella nada.

Me escondo detrás de unos árboles y espero mientras apunto hacia donde creo que se ha escondido. El sonido de los pájaros hace que me sea más difícil saber si se mueve, pero eso es algo con lo que debo pelear para conseguir el trofeo. Solo tengo que demostrar más paciencia que ella; aunque eso es muy fácil.

Mientras trato de zafarme de las malditas hormigas, veo, a mi derecha, una cabaña. Parece que está abandonada, y, en mi circunstancia, puede que me sirva para esconderme. Quizá pueda encontrar algo con lo que asegurar las puertas y resguardarme durante el tiempo necesario para poder escaparme y buscar ayuda. Solo tengo que encontrar el momento oportuno para dar un esprint. Pero debo reconocer que tengo miedo; él lleva un rifle cargado y yo no tengo nada con lo que defenderme. Es decir, que si me tropiezo cuando empiece a correr, estoy muerta.

Los árboles se mueven cuando la brisa los acaricia y los pájaros salen volando en bandadas gigantescas por encima de mi cabeza. De repente, una voz llama a alguien.

—¡Amadeo…!

Algo detrás de mí se mueve con suavidad. Es mi momento.

Salgo corriendo en dirección a la cabaña. Corro lo más rápido que puedo y trato de no tropezarme con nada. Siento algunos mordiscos de las hormigas en el hombro derecho, pero no puedo pararme a quitármelas; mi vida corre peligro. Un disparo roza mi cuerpo. Quema. Me miro el costado izquierdo y veo que solo ha sido un leve rasguño. Ya veo la puerta, está semi abierta. Es justo lo que necesito. Gracias, mamá, por ayudarme.

Abro la puerta, me meto y busco una silla o un mueble que pueda usar. Lo primero que veo es un mueble de entrada muy antiguo y roído por el paso del tiempo. Lo pongo detrás de la puerta. Después me aseguro de que no haya ninguna otra puerta por la que nadie pueda entrar. Me paseo por toda la casa y no veo nada, pero por la ventana, de lo que parece ser la cocina, sí pueden entrar. Sin embargo, lo único que puedo hacer es cerrar la ventana, que, aparentemente, está como nueva.

Extrañada miro la pequeña encimera y me encuentro con comida reciente. Al parecer vive alguien aquí.

La hija de puta se ha metido en mi puta casa. ¡En mi puta casa! Me acerco y veo si puedo entrar por la ventana. Pero la zorra la ha cerrado. Voy hacia la puerta e intento abrirla. Imposible, ha debido de poner algo detrás para que no pueda abrirla.

—¡Sal de mi puta casa!

No recibo ninguna respuesta. Pero será fácil, tan solo me tengo que poner en un lugar estratégico, para tener buena visión de la ventana y la puerta, y esperar.

Casi abre la puerta. Menos mal que he puesto el mueble detrás. Aunque, ahora que le he oído la voz, me suena. Creo que la he tenido que oír antes, en otro momento.

Me tengo que asegurar de que no pueda pasar, por lo que busco algo para seguir poniendo detrás de la puerta y la ventana. La casa es muy pequeña, pero encuentro una pequeña habitación con una cama. El cuarto apesta a alcohol y a sudor. El colchón me puede servir para algo, así que lo cojo y lo pongo detrás de la puerta mientras sigo buscando. Cuando vuelvo a la habitación descubro que, debajo del colchón, hay un montón de fotografías en blanco y negro. Y para mi sorpresa, el hombre de todas las fotos lo conozco. Es más, lo conozco tan bien, que me sorprende que sea él.

No hace mucho, cuando yo tenía unos diez años, vine con mi madre al lago que hay por aquí cerca. Recorrimos el río y jugamos a cazar mariposas. Lo pasamos genial. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer mismo. Sin embargo, mientras estábamos descansando, un hombre se acercó con un rifle y nos amenazó. Nos dijo que si no nos íbamos nos dispararía. Mi madre me cogió de la mano y me puso detrás de ella, para protegerme. De aquel momento solo recuerdo los latidos de mi corazón, a mil revoluciones. Después, mientras que tenía los ojos cerrados y la cara pegada a la espalda de mi madre, escuché un disparo; y, de repente, mi madre cayó al suelo con una mano en el vientre.

Mi madre falleció mientras yo iba a buscar ayuda al aparcamiento del lago. Y ahora, mientras estoy en la que parece ser una casa habitada, me encuentro con que el hombre que me está persiguiendo es el mismo que la mató.

Yo me creía que iba a ser más listo y se había marchado de aquí; pero no, se ha quedado sin tener ningún remordimiento.

Seguramente, ahora estará esperando en algún sitio donde tiene a tiro la ventana de la cocina y la puerta. Sin embargo, lo que él no sabe es que lo tengo cogido por las pelotas. Largas jornadas de trabajo que me ha llevado…

Todo lo tengo mucho más claro ahora que me encuentro aquí, encerrada en esta cabaña de mierda que ha servido de hogar a la persona que mató a mi madre.

La noche se echó encima. Y mis ganas por salir, en medio de la oscuridad, para cogerlo por las pelotas y cortarle el cuello se agudizaron. La verdad es que estoy reprimiendo las ganas de hacer más de una locura; sin embargo, sé que tengo que quedarme quieta durante algunas horas más. ¿Lo podré lograr?

Mientras recuerdo todo lo que viví, me echo en el suelo para descansar un poco. Debo recobrar fuerzas para poder salir de aquí lo más rápido posible. Siento los ojos cansados y secos; las piernas me duelen como si me las hubieran pisoteado; y la cabeza me va a estallar. Me merezco un descanso, aunque sea pequeño. El problema es que tendré que estar alerta, por si trata de entrar mientras descanso.

Abro los ojos cuanto me doy cuenta de que, en uno de los sueños que acabo de tener, puedo hacer una cosa perfecta para vengarme. Me levanto y camino hacia la cocina en busca de algo que arda. Desconozco si los espíritus existen, pero encuentro una lata de gasolina. Y justo al lado, un pedernal. Es mi noche de suerte.

Abro la lata y la voy vaciando, poco a poco, por toda la casa. No me interesa hacerlo por fuera de ella, ya que mi vida correría peligro. Con que solo arda por dentro es suficiente. Arranco unas pequeñas cortinas que están puestas en la ventana de la cocina y las empapo de gasolina. Después cojo una silla y le arranco una pata; me servirá para enrollarle la cortina. Pero antes, tengo que seguir dejando un reguero de gasolina por la casa, de forma estratégica para que cuando lo prenda arda todo a la perfección. Como es obvio, el incendio no lo podré controlar, pero mi vida no va a correr peligro.

Voy a arrancarle lo que más ama a ese asesino.

Ya lo tengo todo preparado, solo tengo que quitar los muebles de detrás de la puerta, abrir y salir. La cortina empapada en gasolina no me a durar mucho, así que tengo que ser muy rápida. He puesto un poco de gasolina en la parte izquierda de la puerta, donde comienza un ligero camino de combustible. Será como ver fuegos artificiales en medio del bosque.

Toca salir… Abro la puerta y salgo con mucho cuidado. Aunque es lo suficientemente oscuro como para que no me pueda ver a través de la mira del rifle. Por lo que es mi oportunidad.

—¿No te acuerdas de mí? —grito.

No recibo ninguna respuesta. Es lo que me temía.

Camino un poco hacia la derecha —no mucho, debo incendiar la casa—, y prendo la cortina con el pedernal. La llama hace que vea un poco mejor lo que hay a mi alrededor. La luna se ha escondido detrás de algunas nubes. Por lo que la oscuridad es casi absoluta. Ni si quiera los animales son capaces de responder ante el poder de las llamas. En aquel momento oigo una respuesta.

—Puta loca…¡Vete de mi casa…! —grita.

No tengo pensado echarme atrás habiendo planeado esto durante tantos años. Oigo unas pisadas rápidas y, de repente, veo a un perro corriendo hacia mí. Da varias vueltas sobre mi cuerpo y se mete en la casa. Con el perro dentro no puedo incendiarla, por lo que entro de nuevo, voy rápido al fregadero para dejar la pata de la silla con la cortina y vuelvo para cerrar la puerta y poner el mueble detrás de ella.

El animal está jadeando, se tumba en el suelo y veo que le empieza a costar respirar. Voy, otra vez, al fregadero, abro el grifo y espero a que salga el agua. Sin embargo, de ahí no sale nada. busco por todas partes y encuentro una pequeña botella de agua, la cojo y la llevo a la entrada, que es donde se ha tumbado el perro.

Al abrir la botella, veo que pone las orejas tiesas, pero sigue sin ponerse en pie; es como si el animal no tuviera fuerzas para nada. Poco a poco voy echándome agua en la mano para que pueda beber. Y el animal va extendiendo la lengua muy despacio. No le puedo dar todo el agua de golpe, le puede sentar mal.

Toco su cuerpo y siento que está ardiendo. Necesita calmarse. Le humedezco un poco el pelo y parece que eso le alivia. Poco a poco el jadeo es más pausado. También empieza a querer levantarse. Eso es muy buena señal. Sin embargo, no puedo perder de vista mi objetivo.

Me doy cuenta de que, al dejar la cortina en el fregadero sin apagar el fuego, hay mucho humo, por lo que regreso a la cocina, abro un poco la ventana y apago, como puedo, las pocas llamas que quedan.

Oigo el carraspeo de mi perseguidor. Intuyo que ha visto el humo saliendo por la ventana y cree que tiene una oportunidad de entrar por aquí. Me tengo que dar prisa para prepararle una emboscada. Antes de nada, aparto el mueble de detrás de la puerta. 

Voy al dormitorio y busco algo que me pueda servir para defenderme. Una pata de una silla es muy corta, tiene que ser más largo para asegurarme una buena defensa. Abro las puertas del ropero y me encuentro con ropa de caza y algunos abrigos de piel natural. Cada vez me da más asco esta persona salida del mismísimo infierno. Rebusco por todas partes y encuentro una pistola. Es un revólver antiguo. No tengo ni idea de cómo funciona, pero me servirá.

El perro ya casi se pone en pie, por lo que lo ayudo a caminar y tumbarse en la habitación; ahí estará más seguro. Y no sé por qué, pero creo que el nombre que oí antes en el bosque tiene que ser su nombre. Creo recordar que era Armando… No estoy segura.

Ahora tengo que andarme con cuidado y esconderme para tenderle una trampa. Y espero que esa trampa sea mortal… Así que me escondo en la entrada del dormitorio, junto al perro.

No sé cuánto tiempo pasa, pero escucho pisadas cerca de la casa. Cada vez están más cerca. Puedo oír unas respiraciones forzadas, como si quisiera hacerme entender que no tengo escapatoria. Miro el revólver y me fijo en la pequeña parte que sobresale del tambor y veo que hay un par de balas, o eso espero: me servirán.

Escucho las pisadas dentro de la casa. Es mi momento… Salgo apuntando a donde creo que estará la cabeza y disparo. Sin embargo, no es la persona a la que espero. Y encima he fallado el tiro.

—¡Pero bueno…!

Un disparo le sacude la cabeza como si fuera un trozo de pan. Se me queda mirando fijo a los ojos y cae al suelo de inmediato.

—¡No quiero a nadie en mi puta casa! —dice la persona que sí espero. Por lo que me vuelvo a esconder.

Las manos me tiemblan. He estado a punto de matar a una persona inocente.

—Sé que estás aquí, zorra. He oído el disparo anterior al mío… —dice entre risas.

Vuelvo a oír pisadas dentro de la casa. Salgo, como había hecho antes, y disparo. Pero no había nadie, y, el arma, ni si quiera dispara. De repente, noto que me coge del brazo y mi tira al suelo. Se pone encima de mí y me da varias cachetadas en la cara.

—¿Crees que puedes entrar en mi casa sin mi permiso? Ahora vas a ver lo que le pasa a las intrusas como tú.

Intenta rajarme lo que llevo puesto. Me desabrocha el pantalón y tira hacia abajo mientras forcejeo con él. Está claro que intenta violarme. El arma no ha disparado y ahora no sé qué hacer. Dejo caer la cabeza hacia la izquierda y veo su rifle, apoyado en la jamba de la puerta. Pero de la nada, los gruñidos del perro reverberan por toda la casa. El tío se queda quieto y mira hacia atrás.

—Buen chico… Buen chico…

Con un movimiento rápido, me zafo de sus piernas, me pongo de rodillas, agarro el rifle, apunto a alguna parte y disparo. Esta vez sí que le doy, en la cabeza. Esta es la imagen que me acompañará el resto de mi vida.

El perro huele el cuerpo del otro hombre y comienza a llorar. Debía ser su dueño. Y ahora está muerto. Por un momento pienso en irme y dejarlo a su suerte; pero no puedo hacerlo. Así que lo cojo por el collar y le digo que todo va a salir bien. Ahora tendría que ser yo su dueña. Me ha salvado la vida, se lo debo.

Salimos los dos de la casa y se me viene a la cabeza el pedernal, que sigue en mi bolsillo del pantalón. Le digo al perro que me espere, vuelvo a la casa, hago saltar unas chispas en la zona estratégica que dejé llena de gasolina y hago prender media casa. En un par de horas no quedará nada en pie. Espero no saber nada más de este sitio. Nunca.

Axel Drojan

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